El cerdo ibérico es un animal de piel oscura, pelo escaso, hocico afilado y patas finas y largas. Esta raza tiene la característica genética de poder almacenar grasa en su tejido muscular, que es la clave del inconfundible sabor y textura de los jamones ibéricos.
Los únicos cerdos aptos para producir piezas curadas de calidad son los procedentes del tronco IBÉRICO.
El cerdo ibérico que pastorea en la dehesa goza de libertad y camina por sus anchos horizontes.
Es un cerdo negro, retinto o rubio, raza ibérica de pata negra, que ha sabido conservarse en el tiempo y alcanzar las mayores cotas de calidad. Sometido a un régimen alimenticio extensivo, el cerdo ibérico produce un infiltrado de grasa intramuscular que aporta a la carne unas características de calidad inigualables.
Para la consecución de estos resultados son imprescindibles una rigurosa selección GENÉTICA y una adecuada ALIMENTACIÓN.
Solamente controlando estos factores puede garantizarse una HOMOLOGACIÓN PERMANENTE en los productos finales.
Los jamones ibéricos se caracterizan por ser alargados y estilizados. Su pezuña es de color oscuro, y su carne va del rosa al rojo púrpura. Tiene una una textura poco fibrosa y su grasa es brillante, fluida y blanda al tacto.
Los IBÉRICOS son una raza autóctona de cerdos de origen mediterráneo que constituyen uno de los escasísimos ejemplos de cerdos domésticos adaptados al régimen de pastoreo, especialmente dotados para aprovechar directamente, a diente, los recursos de las dehesas de encinas y alcornoques. El patrón de selección centenaria ha sido esa adaptación al medio, en vez de criterios de prolificidad, rapidez de crecimiento o índices de transformación que han presidido la mejora genética de las razas industriales.